La búsqueda de la
sabiduría es común a todas las culturas antiguas. Las colecciones de literatura
sapiencial, en Mesopotamia y en Egipto, fueron legendarias, así como los sabios
de Grecia, no pocos tratados bíblicos y algunos personajes de la tradición
judía, como José, hijo de Jacob, Salomón y todos los profetas. Esta búsqueda de
la sabiduría tiene un objetivo práctico: que el hombre alcance una actitud de
prudencia y habilidad para prosperar en la vida, o conseguir un corazón capaz
de discernir entre el bien y el mal. Diríamos que es el arte de saber vivir
bien y de conducir la propia vida hacia la verdadera felicidad.
La sabiduría del corazón
no debe confundirse con la ciencia adquirida por la sola razón. Una cosa es analizar
una situación con la sola razón, y otra implicar también los sentimientos y el
corazón. La sabiduría del corazón es un estado de lucidez que nos hace tomar
conciencia de nuestra situación real en el concierto armonioso de la creación.
La sabiduría ilumina nuestra situación
en cada momento, nos hace encontrar el sentido oculto de las vivencias más
extremas, como el dolor y la enfermedad, y nos ayuda a discernir claramente los
bienes esenciales, favorables a la libertad interior, de aquellos otros que son
engañosos y perjudiciales.
Por eso, la sabiduría del
corazón es el tesoro máximo al que se puede aspirar. No se puede comparar con
nada, porque es el compendio de todos los bienes. "Junto con la sabiduría
me han venido todos los bienes", dice el libro de la Sabiduría. Con la
sabiduría nos vienen la vida feliz, la plenitud de la justicia y de todas las
virtudes, la seguridad, la gracia y la gloria.
¿Como podríamos conseguir
esta sabiduría? Dios es la fuente. Él es la misma sabiduría que se sumerge en
el mundo creado y rige el curso del universo. Los científicos están cada vez
más admirados con los secretos del macrocosmos y del microcosmos, que van
haciendo posible el proceso de la evolución. Aquellos que no creen en Dios como
principio sumamente sabio del universo, deben confesar que, sin embargo, se
encuentran ante una sabiduría inexplicable y hacen afirmaciones como que
"la naturaleza es muy sabia".
El camino más corto
-quizás el único- para alcanzar la sabiduría es encontrarse con Dios por la fe,
la oración y el amor. "Recé a Dios que me diera entendimiento, y me lo
concedió, llamé al espíritu de sabiduría, y me vino", dice el libro de la
Sabiduría. La palabra de Dios contiene esta sabiduría y, celebrando la fe
juntos cada domingo da la ocasión de escuchar atenta y devotamente, con
espíritu de oración. Escuchando o leyendo la Palabra con estas disposiciones se
hará el milagro, porque "La Palabra de Dios es viva y eficaz (...) esclarece las intenciones y los
pensamientos del corazón" (He. 4,12). Por el contrario, la ciencia humana
desvaría en muchos aspectos, desde que ha decidido ignorar al Dios vivo.
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