Presentación

Presentación
Mosén Enric Prat presenta estas nuevas Homilías, totalmente diferentes de las ya conocidas (www.bisbaturgell.org - homilias dominicales). Son diferentes en el contenido, en el estilo y en la extensión. Cada Homilía contiene una sola idea, la expresada en el título. La breve argumentación se basa casi únicamente en los textos litúrgicos del día. Creemos que estas homilías pueden facilitar a cada interesado la preparación de la suya propia; o como guión de un comentario más espontáneo. La mejor utilización, sin embargo, la encontrará cada usuario interesado. Posiblemente, otras personas además de los predicadores, encontrarán en estos escritos la ocasión de profundizar en el sentido íntimo de la Palabra de Dios en la Liturgia, y de saborear el consuelo espiritual que nos ofrece. Sea todo ello para alabanza de Dios y a beneficio espiritual y humano de cuantos quieran hacer uso de este medio. Muchas gracias.
Terminada la publicación en este BLOG de las NUEVAS HOMLIAS, me atrevo a proponer a los amables usuarios una nueva Etiqueta: EL RINCON DE LA MISTICA. La mística, no en su vertiente de hechos extraordinarios, como el éxtasis, la levitación, las locuciones o las visiones, sino como alternativa a la ascética, con la atención puesta en las obras de San Juan de la Cruz y en el autor anónimo del libro lA NUBE dEL NO SABER. La ascética se basa en el razonamiento, el esfuerzo y el protagonismo personal. La mística abandona todo protagonismo personal para atribuirlo sólo a Dios, de acuerdo con lo que recomienda el Salmo 36: Encomienda al Señor tus caminos; confía en él, déjalo hacer. O respondiendo a la oferta de Ap.3,20: He aquí, yo estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo. El místico recibe, por medio de la iluminación que le es dada, una noticia nueva de la naturaleza de Dios, que es oscura e inexplicable. Los autores la llaman docta ignorancia o rayo de tiniebla. Este trabajo, que ha sido publicado en la revista l’Església d’Urgell y con una buena aceptación por parte de muchos lectores, puede ser útil para la lectura y meditación particular, y también como herramienta de trabajo para grupos de oración, de formación espiritual o de catequistas. Gracias!

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lunes, 11 de febrero de 2019

99. Dar un vaso de agua

Un vaso de agua es importante para quien lo recibe. Le calmará el ardor de la sed y le puede salvar la vida, en un caso extremo. Para el otro, el que lo da, un vaso de agua no tiene ningún valor, pero lo tiene mucho el gesto de darlo.
            Dar un vaso de agua pone en marcha toda una dinámica humana espiritual y física, que toca el tuétano de la persona. Nadie da sin haber visto primeramente al otro, sin haber captado su necesidad y sin haber experimentado una corriente de afecto y de compasión. El que da un vaso de agua es una persona viva y despierta que no está embelesada en un narcisismo estéril y enfermizo, sino abierta a la realidad total. Dar un vaso de agua es señal de una actitud extrovertida que le hace capaz de dar muchas cosas y de darse a sí mismo. Es por eso que dice Jesús: “El que os dé un vaso de agua por mi nombre, porque sois de Cristo, os aseguro que no quedará sin recompensa” (Mc9,41). Tanto es así que, aunque el que da no tenga conciencia clara de hacerlo en el nombre de Cristo o de pertenecerle plenamente, el solo hecho de vivir en la disposición de dar o de darse, nos engancha realmente con aquel que vive para los demás y se dio a sí mismo por amor.
            Ninguna disposición interior, ningún estilo de vida, ninguno de los caminos que podemos tomar, nos lleva tan directamente a lo esencial; nada nos lleva con tanta eficacia a Dios por medio de los demás y con ellos, como el hecho de dar y darnos, porque es lo que nos hace más semejantes a Dios y nos acerca más a él, que es el que es y hace ser, el que da y se da por definición y esencialmente ..
            Dar y darse es entrar de lleno en el plan de Dios y hacerse colaborador de su obra creadora. Dar es hacerse la mano larga de Dios, haciendo llegar sus dones, como las capilareslares hacen llegar a toda la superficie corporal el flujo sanguíneo bombeado por el corazón. Y como la felicidad nace únicamente cuando uno se sitúa en el lugar adecuado y cumple naturalmente la función encomendada, el solo camino y el más corto para entrar y tener parte en los jardines de la felicidad, es dar y darse de buena gana , y movidos exclusivamente por motivos que nacen del amor y la compasión.

Dar afecto, compañerismo, comprensión, perdón; dar una mano, escuchar, defender, dar cultura, pan, techo; promover la salud, la paz, la confianza; disipar temores, abrir horizontes. Dar un vaso de agua. Nada de todo esto no quedará sin recompensa.

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lunes, 28 de enero de 2019

98. El Misterio de la Providencia

             Lo misterioso de la Providencia es el cómo. Con nuestra mentalidad de querer ver resultados inmediatos nos desconcierta y nos causa perplejidad. Vemos cosas absurdas y espeluznantes que pasan y la mano de la Providencia, aparentemente, las ignora totalmente. Cuando un feto presenta malformaciones, por graves que sean, y por traumáticas que se prevean las consecuencias para su futuro y el de suyos, Dios no interviene. Si se produce una catástrofe natural, como terremotos, inundaciones, erupciones volcánicas, los afectados lo pagan invariablemente con la vida o, como mínimo, con sus bienes. En el caso de una gran hambre en extensas regiones del mapa, aquellos desgraciados no pueden hacer otra cosa que conformarse con su suerte y morir lentamente por desnutrición. Las víctimas de la violencia no reciben ningún signo claro de protección divina y, en las guerras más crueles, los más inocentes son los que pagan el precio más caro.
            En otro orden de cosas, la Liturgia dice que los corazones de los gobernantes están en las manos de Dios, pero, desde tiempo inmemorial, no pocos de ellos han desencadenado impunemente holocaustos escalofriantes y Dios no se ha hecho sentir especialmente. La misma Iglesia ha permitido, incluso ha promovido, matanzas en nombre de Dios y en defensa de la religión, como lo han hecho también -y lo hacen-algunas otras confesiones religiosas, y Dios no lo ha contradicho manifiestamente.
            A la vista de una experiencia similar, sin excepciones en el transcurso de la Historia, muchos se preguntan: ¿Dónde está Dios? Y otros cabe preguntarse honestamente: ¿Qué es y cómo es la providencia divina? Y hemos de intentar encontrar una respuesta que no sea alienante o tal vez ofensiva para los mal tratados.
Para mí, la providencia significa la presencia creadora de Dios, permanente, sin interrupción, en su obra, conducir con eficacia hacia el cumplimiento final, al tiempo que respeta la ley natural por él mismo establecida.
            La obra de Dios no es Dios; por tanto imperfecta y capaz de error y de perversión, muy especialmente a causa de la libertad querida por el mismo Dios. La obra de Dios no ha terminado, se está haciendo, y es en este "hacerse" sonde cabe, provisionalmente, el mal y el error. El proceso evolutivo de la creación se dirige, creemos y esperamos- hacia la perfección bajo la presencia creadora de Dios y, más desde la perspectiva del Absoluto, se puede entender lo especialmente positivo del momento presente. Y, con razón, se puede adivinar la perfección final hacia dónde se encamina.

            Pero ¿qué hacemos con el daño que se ha generado durante el proceso? ¿Qué hacemos con todo aquello que no se puede aprovechar? La obra de Dios, llevada a cabo con elementos materiales y morales imperfectos, genera basura, y con ella, ya sabemos qué pasa. Alguien deberá retirarla y dejar el terreno limpio. La obra de Dios acabará bien, aunque algo o alguien se pierda por el camino.  

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lunes, 14 de enero de 2019

97. Una pequeña historia

Él es un chico extrovertido y bromista. Le gusta reírse de todo y de todos, aunque tiene mucho cuidado de no ofender a nadie. No tiene vergüenza de contar sus idas y venidas, los patinazos y los aciertos, porque cree que todo esto forma parte de su aprendizaje de hombre. Se llama Vicente y asegura que su nombre lleva incluida la  inteligencia y la rectitud, y añade que le dijo no sé quién, cierta vez, que los Vicente son algo vanidosos y entonados.
            Comienza diciendo que de jovencito no todo el mundo podía hablar con él porque se creía superior, lo más importante, casi indispensable. Iba tensado como una pértiga y presumido como unas castañuelas, y se daba aires de importancia, hasta el punto de que, sus compañeros de clase y amigos de tertulia le mostraban un cierto respeto y le pedían disculpas siempre que, sin querer, le habían pisado los talones o le habían pasado delante irrespetuosamente. Cuando explica estas historias se pone a reír como un tonto y, al terminar, se pone serio y ponderado.
            A continuación habla de su "metamorfosis - o"  cómo quiera decirse" y explica cómo, poco a poco, se ha ido viendo a sí mismo como una persona insignificante -como todos, añadía disertando largamente sobre la insignificancia de cada ser y de cada persona humana, en comparación con el todo. Ahora se le ve fascinado por la grandiosidad del universo y por la variedad incontable y maravillosa de los elementos y de los seres vivos que lo pueblan.
            En el colegio de frailes -recuerda- me insistían con razón en la humildad,  aconsejándome que me comparara a tal o cual santo, a aquella persona o a la otra. Tengo que confesar que no me servía de gran cosa -explica-- porque de santo no conocía ningún -lo que se dice conocer, y la otra gente era más o menos igual de tonto que yo mismo. Ahora he cambiado el punto de mira y me parece que me va bien. Me comparo con el "todo" y con Aquel que es más allá del todo y lo causa todo.

            ¿Quién soy yo ante el espacio "infinito" del cosmos y de los incontables cuerpos (galaxias, estrellas, planetas) que lo pueblan? ¿Quiénes somos en medio de miríadas de seres humanos desde el origen hasta su extinción? Una gota de agua en medio del océano. Ni más grande ni más pequeña, ni más importante ni menos, pero siempre insignificante, en comparación al todo. Y mis años ¿qué son comparados al tiempo de la raza humana o de la existencia del universo? Y eso no es nada, si me comparo con Dios infinito y eterno, causa de todo. Aceptar esta comparación me parece auténtica y provechosa humildad.

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martes, 8 de enero de 2019

96. Si alguno quiere ser el primero

           ¿A quién no le gusta significarse, ser el primero de la promoción, el más apuesto, el más valiente, el más respetado, el más aplaudido? Todos estos privilegios son precarios en el tiempo, mientras no salga otro mejor o hasta que las circunstancias le den la espalda. Si queremos ser los primeros debería ser en algo sólido y que valiera la pena, porque, probar la gloria para caer luego en el vituperio, debe ser una experiencia decepcionante y lacerante.
            Ser el primero en haber alcanzado una personalidad positiva, inmaculada y útil, sería una gran manera de ser el primero. Este es un objetivo posible, pero cada juego tiene sus reglas. La que nos ha sido dada por Jesús es una regla directa y, sin lugar a dudas, eficaz. Dice así: << Si alguien quiere ser el primero, debe ser el último y el servidor de todos >> (Mc 8,34). Según esta regla, lo primero es ser el último, que quiere decir olvidarse de sí mismo y de las propias comodidades y manías, dejar de obsesionarse por la defensa de sus derechos y abandonar el criterio de evaluar la vida según pérdidas y ganancias: significa asumir que uno no es importante. Por el contrario, lo importante verdaderamente es el Otro, y con él, los demás. Y hablando de vida, deberíamos asumir que no es ella para nosotros, sino nosotros para la vida. La vida es un fenómeno cósmico -mejor, divino- del que participamos gratuitamente y nos debemos a ella: somos sus servidores.
            Ahora entendemos mejor que nos quiere decir Jesús con lo de << ser servidores de todos >> para llegar a ser los primeros: tenemos que estar al servicio de todo vida -privilegiando evidentemente la vida de nuestros semejantes- de manera tal que estemos despiertos para darnos cuenta de cuando la vida está en peligro o de cuando su dignidad es despreciada. Ahora, más que nunca, es urgente hacer nuestra esta consideración, cuando la que llamamos cultura de la muerte invade toda el área social y se atribuye la potestad de aniquilarla, tanto en su inicio como en su término natural. Cuando, en el tramo donde, en general, no se atreve a suprimirla, sí que  priva de la más elemental dignidad, mediante la pobreza y el desprecio, la vida de un inmenso colectivo de ciudadanos.
            Nuestro servicio a la vida no se puede contentar con buenos sentimientos y dulces palabras, sino que, en uso de la libertad y poniendo en marcha nuestra fuerza y ​​nuestras posibilidades, nos dedicamos a salvar la vida o restituirle la dignidad y su indispensable calidad. Entonces somos de verdad los primeros. O, sino, acuérdate de la madre Teresa de Calcuta. ¿No es, quizás ella eminentemente de los primeros en la asignación de los puestos en el Reino?
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lunes, 17 de diciembre de 2018

95. Bienaventurado el que vive insatisfecho

            Para ir en busca de un tesoro se debe estar motivado. La motivación para una investigación parte de una insatisfacción. ¿Has conocido algún vividor y conformista esforzándose por ir a más, para descubrir zonas oscuras de sí mismo o aspectos desconocidos del mundo y de la vida? Personas de un talante así son escasas y, con su temperamento calmoso y apático, suelen dejar el mundo y las cosas tal como las han encontrado. No nos referimos a ellos en esta reflexión.
            Me he encontrado con dos tipos de personas insatisfechas, aferradas a la búsqueda del tesoro. Hecho que me ha permitido comprender que la persona humana es una mina inagotable, ella misma, porque las he visto buscando alma adentro. El primer grupo lo forman aquellos a quienes la naturaleza o la sociedad, o ambas a la vez, han negado los bienes básicos para una vida digna, de manera persistente y sin esperanza de remedio. Son los pobres y los marginados, los disminuidos y los enfermos terminales. El otro colectivo es el de aquellos -! Oh cosa sorprendente!- que, una vez cubiertas las necesidades básicas, sienten emerger en su interior una insatisfacción hasta el momento desconocida, que los lleva a hacerse preguntas y a indagar en su interior las respuestas a la pregunta por el sentido.
            Unos y otros presentan las mismas características: primero de todo es la sensación de carencia total, en unos, y de insuficiencia amarga para los demás, a pesar de la cobertura de las primeras necesidades. La experiencia siguiente se presenta como una intuición que orienta sus esperanzas hacia el centro de ellos mismos: los bienes externos son vistos como medios de subsistencia física, que nada pueden aportar a la del "ser" que habita en ellos. Nada pueden aportar a la propia dignidad de personas humanas. Han llegado a la cámara del tesoro: la vertiente mágica, que abre el ser entero al mundo espiritual o artístico, según la sensibilidad o la orientación previa de cada uno.

            Lo más profundo de todo es cuando se abre al encuentro personal con Dios, que habita en el centro mismo del ser humano. De este maravilloso hallazgo son excluidos evidentemente, por la misma naturaleza de las cosas, además de los comodones aludidos anteriormente, y con mucha más razón los ególatras y los adoradores del becerro de oro: los avariciosos, mezquinos, tacaños y, eminentemente, todos los que acumulan ingentes riquezas a la espalda o con el sudor de otros. También ellos sufren insatisfacción, que de nada les sirve, debido a que luchando en contra de ella, no pueden aprender sus lecciones.

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lunes, 3 de diciembre de 2018

94. La otra dimensión

Todo cuanto nosotros conocemos se encuentra enmarcado en el espacio y en el tiempo. Todo está ubicado en algún lugar concreto y situado en algún momento de lo que llamamos Historia. No importa que el lugar sea microscópico como inmenso, o que el momento se sitúe ahora mismo o bien a miles de millones de años vista. Por tanto, la dimensión del cosmos conocido, y de nosotros mismos, está cerrada en la realidad espacio - tiempo. No tenemos experiencia ni conocimiento de ninguna otra dimensión, de otra manera de ser.
            Los cosmólogos, sin embargo, se mueven ahora mismo en una hipótesis desconcertante. Según ella, habría multitud de universos paralelos, encuadrados en dimensiones diversas -incalculables- desconocidas absolutamente, que se escapan a la capacidad actual de la mente humana. ¿Se aclarará alguna vez el alcance de este misterio cósmico? ¿Descubriremos quizás algún universo que no esté ligado a la dimensión espacio - tiempo?
            La Biblia, con su sabiduría multisecular, inspirada por Aquel que es la causa original y final de todo, nos informa de un universo diferente del nuestro. Un universo fuera del tiempo y del espacio, un universo espiritual, un universo constituido por seres inteligentes, "seres - pensamiento", que no tienen nada que ver ni con el espacio, ni con el tiempo. Por la Biblia tenemos noticia de miríadas de seres - espíritus, llamados genéricamente ángeles, y distribuidos en jerarquías como arcángeles, querubines, serafines, tronos, dominaciones y potestades. Y la Deidad, la cual es el Bien, la Belleza, la Verdad y el Poder absolutos, y la causa primera y última de todo lo que existe .. De ese universo no hemos de buscar el comienzo ni el fin, porque cualquier cosa que permanezca fuera del tiempo y del espacio ni empieza ni termina ni ocupa lugar; simplemente, es. Tan incorrecto es decir que Dios está en todas partes, como afirmar que no está en ninguna parte. Él no está; él es.
            Es bueno que aprendamos a pensar en Dios como el Espíritu puro del todo, en el sentido de que es sólo espíritu sin mezcla de ningún otro elemento y, por tanto, inasequible al conocimiento por parte de nuestros sentidos corporales, así como por parte de las facultades  intelectuales humanas. Dios es pura existencia personal, más allá del espacio y fuera del tiempo, que trasciende infinitamente toda criatura y todo otro hipotético ser que no sea él. De Dios, la mente humana puede llegar a adivinar su existencia, pero nunca podrá averiguar ni el mínimo de su naturaleza íntima. Sólo la revelación de sí mismo puede entreabrir una rendija al misterio profundo de su ser y de su providencia.
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lunes, 26 de noviembre de 2018

93. Los rayos del sol

            Los rayos del sol no son el sol. Son efluvios, sin embargo, de la naturaleza solar que, aunque diferentes del sol, llevan los efectos de su naturaleza a todos los objetos y a los seres que los reciben adecuadamente. El sol, con sus rayos  ilumina, calienta y fecunda todo lo que abarca con la fuerza suficiente. Cada objeto o cada ser resulta beneficiado de acuerdo con su naturaleza y en proporción con su situación respecto del astro rey, en el momento oportuno: cuando el sol pasa por la respectiva región. Los seres vivos, como los árboles, buscan con fuerza exponerse a los rayos del sol creciendo hasta la altura suficiente, donde nada les moleste. Los seres inteligentes construyen sus hogares orientados al sol con el fin de obtener sus beneficios; y los que no lo pueden hacer, buscan un refugio, para beneficiarse de los efluvios solares. Lo que acabamos de decir es simbólico (Teología simbólica). Adecuadamente considerado, nos transporta a captar el misterio de lo que pasa entre la acción de Dios en nosotros y la recepción del misterio por nuestra parte. El Pseudo Dionisio afirma: "El símbolo opera misteriosamente sin que se pueda demostrar y pone las almas fervientes a la presencia de Dios".
            La presencia de Dios y su actuación en todas las criaturas es permanente. Ni aquella presencia ni su actividad son Dios, pero su impacto sobre cada criatura, cada una según la propia naturaleza, circunstancias puntuales y disposición receptiva, le causa una aproximación a la naturaleza divina, para hacerla semejante a ella, y de alguna manera, endiosarnos. Es lo que llamamos gracia. Todo avance del hombre hacia su realización personal y el desempeño de su destino eterno es obra de la gracia: la presencia activa de Dios en el ámbito de la libertad personal humana.

            Todos los maestros espirituales admiten que en el camino de retorno del efecto a la Causa, del ser inteligente y libre a Dios, se da un triple proceso: a) De purificación, que hace salir de la multiplicidad de las cosas externas, a fin de concentrarse en sí mismo y levantarse voluntariamente hacia Dios. b) De iluminación, cuando el alma es  iluminada con noticias divinas a través del discurso racional, y más tarde, por plena intuición intelectual. c) De perfección o de unión, cuando el alma es atraída por Dios en la contemplación directa del Bien y la Belleza infinitos en simplicidad y unidad. En todo este proceso la iniciativa y la fuerza motriz principal vienen de Dios. De parte nuestra la actitud necesaria es de colaboración, como lo hacen los seres vivos respecto del sol: reconocer la incalculable potencia de la acción divina y la necesidad que tenemos, acogerla positivamente con gran humildad, obedecerla con toda diligencia en todo lo que nos pide, olvidarnos de nosotros mismos y poner toda nuestra atención y confianza en Dios, que no defrauda a nadie, arrinconar nuestra pretendida sabiduría y las estratagemas espirituales que hasta ahora hemos utilizado. Dice Dionisio, el Areopagita: "A todos se manifiesta en todas las cosas y no hay quien lo conozca en ninguna de ellas (...) pero la manera más digna de conocerlo (a Dios) se consigue no sabiendo".

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martes, 20 de noviembre de 2018

92. ¿Por qué? (II)

            El cosmos es la existencia de algo material (materia y energía). Es, pues, una existencia estática, muerta. ¿Será, tal vez, un complejo de cuerpos baldíos ubicados en un espacio vacío, sin otro destino que el de una existencia estéril? No lo sabemos muy bien. Tenemos, sin embargo, una muestra. Vivimos en uno de los cuerpos celestes, llamado planeta tierra, que se ha convertido en la morada de un fenómeno diferente que llamamos vida y, de esta vida, la tierra está saturada abundantemente. La tierra, por lo tanto, viene a ser el habitáculo para esta realidad superior, la vida.
            Es inevitable preguntarse: ¿es esta la única vida del cosmos? La ciencia humana lo investiga con esfuerzo y medios considerables, aunque, hasta ahora, no haya podido llegar a una conclusión satisfactoria. Parece razonable pensar que la vida sea la razón de la existencia del cosmos, y que por tanto, que todo él haya sido colonizado o lo sea, en algún momento, por la vida. Pero, ¿qué es la vida? La ciencia no lo sabe. La rama llamada biología se dedica exclusivamente al estudio de la vida: ¿cómo y dónde empezó? ¿Qué elementos químicos la componen? ¿Qué condiciones ambientales la favorecieron? ¿Cómo se comporta? La biología sabe muchas cosas sobre la vida, como los elementos básicos que componen la célula  y, principalmente, se ha descubierto el ADN, que es el "disco duro" donde se contiene toda la información necesaria para construir formalmente cada ser vivo concreto, desde un microbio hasta el hombre pensante.
             Sí, la ciencia ha ampliado enormemente los conocimientos sobre la vida, pero, ¿en qué consiste exactamente el "aliento de vida"? Ni la más mínima idea. Se ha intentado producir vida en el laboratorio, han mezclado los elementos básicos que la componen, se han aislado "in vitro", se ha sometido la prueba a la temperatura supuestamente óptima a descargas eléctricas similares a las de las tormentas primordiales, y no se ha obtenido nada más que un compuesto fangoso donde aparecen algunos de los elementos que entran en los seres vivos, pero no había vida.

            ¿Por qué, pues, la vida, tan misteriosa para el conocimiento humano, resulta ser tan extendida sobre la tierra, y quizás en todo el universo; tan variada, tan bella, tan fuerte, tan terca, tan intrigante? ¿Se habrá reservado el dominio de ella para sí mismo aquel que es la Fuente de la vida, tal como se ha reservado también el don de la existencia aquel que es esencialmente Existente?  ¿O tal vez la vida ha surgido espontáneamente por casualidad? Esta secuencia, según los sabios, tendría sólo millones de veces una mil millonésima oportunidad. Y si la vida existe en miles o millones de planetas, en cada lugar se habría producido aquella casualidad casi imposible. ¿No sería ésta una explicación demasiado forzada del origen de la vida? En todo caso quedaría aún el misterio sobre qué es esencialmente la vida. ¿Es sólo la combinación adecuada de materia y energía, o estos elementos no son otra cosa que el apoyo misterioso de algo inexplicable, casi espiritual en algunas formas de vida y espiritual del todo en otros? Así, pues queda en pie la pregunta ¿por qué?

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lunes, 12 de noviembre de 2018

91. ¿Por qué? (I)

            En el caso hipotético de la "nada absoluta", no tendría lugar esta pregunta. Por una parte, no habría nada sobre qué preguntar y, por la otra, no habría quien se interrogara sobre nada. No es el caso. La existencia del cosmos es un hecho, una realidad de dimensiones inalcanzables. En nuestra galaxia, por ejemplo, dicen que hay cientos de millones de soles circundados por miles de millones de planetas y  satélites. Pero, esta es sólo una de las cientos de millones de galaxias, y no de las más grandes. Aunque, hay muchos científicos que suponen la existencia de multitud de universos paralelos  distribuidos en magnitudes diversas; universos que, paralelos o divergentes, formarían parte de una unidad cósmica casi infinita ligada a un origen y un destino precisos.
            Y ahora viene la pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué el todo en vez de la nada? No hay nada sin una causa eficiente; de otra manera, de la "nada absoluta" podría salir algo; cosa que aparece del todo absurda al intelecto humano. Entonces, una de dos: o bien el cosmos es infinito y eterno, sin causa eficiente y sin final ni destino futuro en sí mismo, que no admitiría ninguna pregunta; o bien se ha de explicar por una Causa eficiente -infinita y eterna- que le ha dado la existencia y la ha dotado de un orden -no exento de cierto caos- y de su destino final.
            Parece que al intelecto imparcial y sin prejuicios de ningún tipo le debe parecer inmensamente más probable que el cosmos tenga una Causa eficiente. Claramente: Alguien, a quien no se pueda preguntar ¿por qué?, dotado de una inteligencia , una potestad y una libertad sin límites; que Alguien, preexistente desde siempre, haya llamado a participar de su existencia, de sus cualidades y de su vida, a todo aquello que conocemos y a todo lo otro que nuestro conocimiento no puede abarcar, pero que presentimos como realmente existente.
            La principal razón de decantarnos por la Causa eficiente, es la intencionalidad que parece aparecer en la creación: todo lo que existe parece haber sido diseñado y ejecutado poderosa y sabiamente. Como por ejemplo: todas las generaciones humanas, desde miles y miles de años, han visto las constelaciones celestes conservando la misma forma y situadas en el mismo lugar. Por más que están sujetos a movimientos muy y muy rápidos, tanto de rotación como de traslación, tanto los cuerpos individuales como los sistemas y las mismas constelaciones, los complejos galácticos y la totalidad del universo, aunque estén incluidos en una danza cósmica impresionante, siempre han ocupado el mismo lugar en medio del conjunto. Si los cuerpos celestes no se mantuvieran en el mismo sitio y no guardaran un orden establecido, se produciría el caos total.
            Si la tierra, por ejemplo, no guardara la distancia correcta alrededor del sol, se volvería imposible la vida. Si la luna fuera más grande o más pequeña o no guardara su distancia respecto de la tierra, ésta se vería afectada gravemente. Hablando de la tierra, sabemos que ésta se mueve alrededor de su eje imaginario, dando vueltas como una peonza, a una velocidad de 1.666 km / h, y que su velocidad alrededor del sol es de 106.200 Km / h, lo que marca un año solar. Este orden estable por tiempo indefinido, hace pensar en una ley física sabiamente establecida por una  inteligencia trascendente, la sabiduría divina cósmica de un Dios personal, poderoso también al infinito. 
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lunes, 22 de octubre de 2018

90. El Pan que es vida en el Espíritu

           Después de que Jesús hubiera dicho a sus oyentes que él era el pan bajado del cielo, y que les daría su carne a comer y su sangre  como bebida, imperó la confusión entre ellos y se pusieron a murmurar. Ante la situación, Jesús decidió explicar más profundamente el sentido de sus palabras y les dijo: << El Espíritu es el que da la vida. La carne no sirve de nada. Las palabras que os digo son espíritu y vida >> (Jn 6,63).
             La explicación no sirvió de nada: << Después de ese momento muchos de los que le habían seguido hasta entonces, le abandonaron y ya no andaban con él >> (Jn 6,66). Pedro y los demás tampoco lo entendieron: << ¿Señor, a quién iremos?>>. Pero hicieron una confesión de fe: << Nosotros hemos creído y sabemos que eres el santo de Dios >> (Jn 6, 69).
            El discurso de Jesús en este pasaje evangélico, lejos de tener un sentido antropófago, es una oferta de comunión real en el Espíritu con todos los que le conocen y creen en él. Las expresiones "carne", "sangre", "pan", tienen la fuerza de signo sacramental, y las otras, como "comida" y "beber", quieren poner de manifiesto la intimidad y la intensidad de la comunión que él propone a los suyos.
            Para salir al paso del escándalo que lleva a la duda y al abandono, Jesús deja bien claro que "el Espíritu es el que da la vida". "La carne no sirve de nada". Y añade: << Las palabras que os digo son espíritu y vida >> (Jn 6, 63). Quiere que se entienda que ha hablado de un misterio de amor en el Espíritu, sirviéndose de un lenguaje analógico. ¿Cómo podemos aceptar y vivir nosotros este misterio? En el Espíritu, ciertamente. Una realidad misteriosa que comienza con la aceptación incondicional de su persona y en el acto de fe indispensable, que abre el camino a la caridad y al compromiso de una vida, que tiende a asimilarse cada vez mejor con la vida y el mesianismo de Jesús.

            En este contexto, la comunión eucarística es el momento álgido, específico, donde Cristo resucitado, cumpliendo su promesa, se hace realmente presente bajo los signos del pan y del vino en el contexto de la celebración comunitaria. Para nosotros es el momento privilegiado para renovar, afianzar y hacer efectiva nuestra opción por Él y por el Reino. Es el momento inexcusable de evaluar la calidad de nuestro amor y nuestra donación. Tenemos el peligro de convertir la Eucaristía en un objeto mágico, y la comunión en un acto esporádico, sin casi influencia en nuestra vida real, en nuestro comportamiento ante Dios y el próximo. Sería resultado de una lectura groseramente literal de estas palabras: << El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna >> (Jn 6, 54)
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lunes, 15 de octubre de 2018

889. El sufrimiento del Hijo del hombre y nuestro

           Leemos en el Evangelio de Lucas (Lc 8,31): << Entonces empezó a enseñar diciendo: “Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho. Los notables, los principales sacerdotes y los maestros de la ley le han de rechazar, debe ser muerto y al cabo de tres días resucitará>>. A Pedro y a los demás les debía pasar como nos pasa a nosotros ante la incomprensión, el rechazo y el sufrimiento: ¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora? ¿Por qué esta prueba precisamente?
          No nos sorprende nada que a Pedro le pareciera descabellado que también Jesús se sometiera al sufrimiento, convencido como estaba de que podía evitarlo perfectamente. Pero Jesús es hombre verdadero y eso lo explica todo. ¿Cómo podía esquivar la cuota correspondiente de penalidad que forma parte inevitable de toda vida humana? Jesús, sin embargo, no magnifica el dolor ni se muestra masoquista en ningún momento. Sí que da a entender que, después de emplear todos los medios para superarlo, se dan circunstancias en que será del todo imposible; y entonces es cuando él y todo hombre tendrá que buscar recursos para asumir positivamente.
            De esta sabiduría él es el maestro; por ello invita a todos a seguirlo, negándose a sí mismo y tomando su cruz. Podríamos decir que la abnegación y el sufrimiento ordinarios -más aún los que se dan en situaciones extremas- son la piedra de toque para saber si nuestra vida se encamina a la plenitud o se va perdiendo poco a poco. << Quien quiera salvar su vida la perderá, pero el que la pierda por mí y por el Evangelio, la salvará >> (Mc 8,35).

            Corremos el riesgo de querer salvar la propia vida economizándola con mezquindad, guardándola para nosotros solos. Así nos ahorraremos esfuerzos que conllevan sufrimiento, y la vida nos durará más, pensamos. De este modo, por el contrario, se consigue el resulta inverso a lo que nos habíamos propuesto, porque la vida guardada celosamente en solitario, se seca y se muere, mientras que si se gasta dándose, se perpetúa y se multiplica. Es este gastarse para la vida, el hecho de darse, lo que produce cansancio y dolor; un dolor positivo y fecundo que germina y florece en nueva vida, tal como lo hizo Jesús, que resucitó al tercer día, y como lo prometió a sus seguidores, diciendo: << Quien la pierda por mí y por el Evangelio -es decir por Dios y por su proyecto de amor-  la salvará >>. En la vida de Jesús y en su mensaje encontramos sentido al sufrimiento normal y también a los más graves y absurdos momentos de dolor insuperable que la vida nos pueda presentar: sufrimos y morimos para la resurrección, como lo hizo el mismo Jesús.
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lunes, 8 de octubre de 2018

88. Encontrar Dios, verlo y escucharlo

           Hoy quisiera comentar unos versos de Hans Denk que, al caer en mis manos, me afectaron con fuerza. Dicen así: "Oh, Dios mío (...). Los hombres huyen de ti, y dicen que no te pueden encontrar. Te dan la espalda Y dicen que no te pueden ver; hacen el sordo y dicen que no te pueden sentir". Y me pregunto: ¿desde cuando muchos hombres huyen de Dios? ¿Quizás desde que el hombre bíblico se quería hacer Dios y no lo logró? Y me vuelvo a preguntar: ¿Cuáles son ahora los hombres que dan la espalda a Dios? ¿Son, acaso aquellos que mantienen tercamente aún la manía de hacerse dioses y tampoco lo consiguen? Por último me pregunto: ¿Por qué ahora o antes hay personas que huyen de Dios o le dan la espalda o le hacen el sordo? ¿Es tal vez porque se lo imaginan como un rival imposible de ganar y prefieren ignorarlo que no confrontarse con él cara a cara? Si fuera así, aquellas personas habrían equivocado de adversario, como le pasó a Don Quijote con los molinos de viento. Un adversario fantástico, imaginario que nunca ha existido.
            Cuando el razonamiento de alguien -sea quien sea- va en la dirección de un dios adversario o sólo competidor del hombre, no va a la zaga del Dios que es, sino al encuentro de los molinos de viento, los dioses horribles creados por la fantasiosa imaginación del hombre. Os acordáis de Gagarin, el primer hombre del espacio, que no vio a Dios en ninguna parte y sentenció: "No hay Dios, yo no lo he visto en ninguna parte"? Lo que nunca dijo Gagarin es que llevaba la nave llena de prejuicios, que se consideraba un héroe y que no le convenía la presencia de nadie que le pudiera hacer la más pequeña sombra.

             Os acordáis de San Francisco de Asís que veía a Dios por todas partes: en las flores, los pájaros, en las fieras como los leones y los lobos? Dos posturas diametralmente opuestas, dos resultados dramáticamente contrarios. Dos estilos de vivir, de mirar, de escuchar, de ser. Dos resultados diferentes como de la noche al día. San Francisco da luz todavía para infinidad de espíritus despiertos y hambrientos de verdad y de bien, y Gagarin, relegado a las páginas de las Enciclopedias como el primer hombre que fue al espacio, ineficaz, en cuanto a despertar simpatías y agradecimientos por su personal aportación a la seguridad espiritual y a la felicidad de ninguno de los humanos.
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lunes, 1 de octubre de 2018

87. Caminos de oración (y III)

Todo el que se siente llamado a una vida de oración, en algún momento, se encuentra desamparado, como si estuviera delante de un cruce con muchas direcciones para elegir, o, aún peor, cuando parece que un muro impenetrable le impidiera acceder a la deseada relación con Dios. Hay una salida de esta prueba angustiosa: el recurso a "la lección divina", que significa acudir a la lectura de textos espirituales llenos de sabiduría y rebosantes de experiencia en la vida de oración, como serían los escritos de los santos padres y de otros autores, maestros espirituales. Aquí recomendaríamos las Confesiones de San Agustín, los escritos de san Buenaventura, los escritos de san Gregorio de Nisa, los de San Juan de la Cruz o los de santa Teresa de Ávila y Santa Teresa de Lixeux, etc.
            Por encima de todo, pero, tenemos la Biblia que es, sin duda, la Enciclopedia de una verdadera vida de oración. Los Salmos, los Libros sapienciales, los Profetas, el Deuteronomio, algunos libros históricos y todo el Nuevo Testamento, son una verdadera escuela de oración, fruto de la experiencia secular de tantas personas que han vivido a fondo su relación orante con Dios. La lectura de la Biblia, sin embargo, conlleva una dificultad difícil de superar. Nos encontramos ante tanta y tan variada materia, que cuesta discernir y concretar lo que a cada uno le conviene en un momento determinado. Es como encontrarse en medio de una selva inmensa, donde uno no sabe cuál es el mejor camino y cuáles son las salidas adecuadas.
            La Iglesia, que es una comunidad orante, ha resuelto, desde tiempos antiguos, por medio de la Liturgia, la aproximación de la Biblia al alcance del pueblo cristiano. Los libros litúrgicos vienen a ser como el néctar de toda la Biblia en el ámbito de la oración. En la Liturgia tenemos el Misal, los Leccionarios, la Liturgia de las Horas, los Rituales sacramentales e, incluso, un Ritual de Bendiciones. Estos libros contienen, de manera comprensible y apropiada en cada momento y situación, todo el arsenal de vida orante que contiene la Biblia. La selección de los textos ha sido realizada, en el transcurso de los siglos, por manos de expertos biblistas y de personas acostumbradas a la vida de oración.

            En la Liturgia de las Horas, al alcance de todos, por ejemplo, que se nutre principalmente de Salmos, antífonas, responsorios y oraciones, se nos ofrecen oraciones de petición, de alabanza a Dios, de adoración, de conversión personal, de penitencia, de fidelidad a la voluntad de Dios, de contemplación, de abandono total al Señor, de amor incondicional. Siempre que no nos conformamos sólo a "leer el Breviario". Necesitamos prestar, además, atención a la lectura, voluntad orante y apertura de corazón a la interpelación  que se producirá con ocasión de un pasaje, de un versículo o de una palabra. Estas mismas disposiciones nos han de acompañar cuando asistimos a la celebración de la Santa Misa, a fin de encontrarnos bien y de salir mejorados.

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martes, 25 de septiembre de 2018

86. Caminos de oración (II)

 En cualquier modelo de oración que usemos, los objetivos básicos que nos proponemos son: la acogida, la presencia, la mutua relación, la unión de amor y la donación personal. Por lo tanto:
             a) Acogida. La savia de vida que viene de la Fuente circula indefectiblemente por toda la creación. En todo momento y circunstancia, podemos tener sed de Dios y acoger con deseo su manantial de vida para abrevarnos espiritualmente. Y esto es oración.      
            b) Presencia. Dios siempre nos está presente. Cuando hablamos de ponernos en  presencia de Dios, queremos decir: tomar conciencia de que ya estamos en ella. Nosotros, sin embargo, nos ausentamos habitualmente y no recibimos su calor. En cualquier momento y circunstancia podemos sintonizar con aquella divina presencia, y eso es oración.
            c) Mutua relación. Dios es comunicativo por naturaleza. Se manifiesta y se da sin interrupción, directamente a las conciencias y también mediante multiformes causas segundas. En cualquier momento y circunstancia, podemos guardar silencio y escuchar su mensaje. Bien directamente por su toque interior, bien leyendo en el libro de la creación la magnitud insondable de la grandeza de Dios. y esto es oración.
            d) La unión de amor. Dios es amor. Por eso llegar a Dios no es obra de la inteligencia, sino del corazón. Lo máximo que puede hacer la  inteligencia respecto del acercamiento a Dios, es someterse por la fe. El corazón, en cambio, le puede alcanzar directamente. Dios no puede ser conocido, pero sí amado. Y amar a Dios es oración, la mejor oración. Amar a Dios puede ser el ejercicio habitual de todo creyente; cuando, de hecho, ocurre lo contrario en nuestra vida estresante: nos dedicamos a hacer cosas y más cosas para Dios y no queremos perder tiempo (!) en amarlo. Amar a Dios puede ser un ejercicio espontáneo en medio de las ocupaciones ordinarias. Puede ser también una opción específica, como sería dedicar un tiempo en soledad al silencio activo y receptivo. Un tiempo para amar a Dios tal como él es, por sí mismo, sin saber muy bien cómo es, porque permanece escondido dentro "la nube del no saber".

            e) La donación. Cuando el amor es de verdad, se sigue necesariamente la donación de sí mismo a la persona amada, porque la donación es el fruto del amor. Si queremos hacer una buena evaluación de nuestra vida de oración, debemos examinar el estado de nuestra donación al Amado. La verdadera oración lleva al amor, y el amor a la donación de sí. En la oración la cantidad no cuenta mucho, puesto que, si la calidad es buena, tiñe toda la vida, haciendo realidad la recomendación bíblica de orar siempre, sin interrupción.

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miércoles, 19 de septiembre de 2018

85. caminos de oración

            La oración es relación entre personas. Es comunicación y contacto confiado, a causa de algún vínculo de conocimiento, de interés mutuo, de amistad o de pertenencia. La relación entre humanos se establece a nivel sensible, utilizando los medios normales de comunicación, como son: el lenguaje, la escritura, el trato, la mirada, la expresión del rostro, la mímica, la compañía silenciosa.
            Todos estos medios nos pueden servir también para nuestra relación con Dios. En este  caso lo llamamos oración. Esta reflexión nos puede avanzar una idea de cómo debería ser nuestra relación con el Señor. Nos podemos proponer los mismos objetivos y utilizar los mismos medios, en la oración, que los que usamos con éxito en las relaciones humanas, trasladados, evidentemente, a nivel de fe. Antes, quizás, deberíamos depurar los clichés rudimentarios que, sin ser falsos, empobrecen el concepto y la práctica de la oración para mucha gente.
            Para muchos la oración es, básicamente, pedir, mendigar, hacerse el mendigo ante quien todo lo puede y que sabemos que nos quiere ayudar. Se puede hacer esto, sin quedarnos en ello. En este sentido, los maestros espirituales hablan de los principiantes. Esta oración es útil cuando creemos que el Señor sabe lo que necesitamos y nos ayuda con providencia generosa; cuando aceptamos que nuestra oración no debe pretender convencer Dios para hacerle cambiar los caminos de su providencia; cuando tomamos conciencia de que lo que hace la oración es preparar nuestra disposición para poder recibir lo que Dios nos quiere dar.
            Resumiendo: la oración de petición -como también toda otra oración- nos cambia a nosotros, no la disposición de Dios y, mejorada nuestra condición, estamos listos para recibir lo que Dios ya nos había dado. San Juan de la Cruz dice que Dios ya nos lo ha dado todo en su Hijo. Santa Teresa escribe que "oración es tratar de amistad con quien sabemos que nos ama". El sentido de este dicho va más allá de la recitación de oraciones aprendidas de memoria y de la oración de petición. Para tratar de algo con alguien hay que estar con él. Estar con el Señor. He aquí una buena definición de oración. Estar, que no quiere decir: hablar, ni pensar, ni leer, ni meditar, ni dar vueltas a nuestra vida pasada con nuestros pecados, ni recordar (por ejemplo la Pasión de Cristo), o los ejemplos de los santos. Simplemente estar, que es silencio activo a la presencia de Dios. Esta actitud coincide con aquella recomendación de San Juan de la Cruz: "Tenga advertencia amorosa en Dios".
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jueves, 13 de septiembre de 2018

84. La Voz de la esperanza

           Ahora, como en tiempo de los profetas, es patente la necesidad de salvación de la humanidad entera y del hombre en concreto. La situación precaria acompañada de graves carencias y causada por agresión externa o por insuficiencia interior, desde las catástrofes naturales, pasando por las enfermedades y el hambre, hasta parar a la ruina del mal moral y la traumática y persistente falta de sentido, que sufren personas, pueblos y culturas, pone de relieve la necesidad urgente de ser salvados desde fuera, por alguien que tenga poder sobre las causas externas y las personales, y que quiera llevar a cabo un proyecto exitoso que acabe dando sentido y plenitud a todo el proceso histórico de la creación.
            Leemos en Isaías (Is 35, 4): << Aquí está vuestro Dios. (...) Es él mismo quien viene a salvaros >>. Este mensaje del profeta fue repetido y confirmado con palabras y obras para la misión de Jesús. Es este el sentido de su predilección por los pobres y sufrientes, expresado en las bienaventuranzas, en el sermón de la montaña y en la actitud constante del Maestro; más concretamente en sus signos milagrosos: << Los ciegos ven, los sordos oyen, los cojos andan y los pobres son evangelizados.
            Los hechos esporádicos de curaciones y resurrecciones tienen por objeto ilustrar y confirmar el proyecto global salvífico, que no tendrá lugar en la presente condición terrenal -tiempo de paso y de purificación, - y esclarecen el horizonte hacia donde caminamos, con la tenue pero segura claridad de la esperanza.
            El mensaje de los profetas, y de Jesús muy particularmente, alivia el estado precario presente y su pesadez, dando sentido al presente como itinerario hacia el futuro definitivo, cuyas puertas nos abre de par en par. Todavía no hemos llegado a la meta pero hacemos camino; aún no se ha revelado lo que seremos, pero se puede vislumbrar.      La marcha es larga y el fardo que llevamos pesado, si bien tenemos claro el término y el resplandor de su belleza nos tiene fascinados; por eso sentimos aligerado el peso de los dolores y de las carencias presentes. Los cristianos creemos firmemente que culminará, en el tiempo debido, la liberación de cualquier carencia y dolor; aunque no sabemos bien cómo será. Pero tenemos una primicia y un modelo en la resurrección y la glorificación de Jesús, después de una peregrinación salpicada como el nuestro, de carencias y dolores.

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miércoles, 5 de septiembre de 2018

83. Una chispa de la infinita sabiduría de Dios

             Nuestro interior, el espíritu, el alma, o como queramos llamarlo, es un ser de luz, que se manifiesta por su capacidad de entender el qué y el porqué de las cosas, de relacionarlas entre ellas, razonando, de descubrir el hilo conductor que lo liga todo y lo conduce a la unidad. Por esta vía cognoscitiva, nuestro ser profundo avanza hacia el descubrimiento de la verdad, haciendo una tarea de discernimiento entre ella y su contrario, el error.
             Todo nos sería más llano -estamos tentados de afirmar-  si nuestro núcleo no estuviera envuelto por la opacidad de la materia; porque no hay duda de que toda la información que recibe nuestro espíritu -el sólo material con que puede trabajar- le llega de los sentidos corporales que, en sus órganos receptores, son puramente materiales; razón por la que nuestro laboratorio interior tiene una urgente y delicada tarea de transformar en luz intelectual y espiritual lo que le llega como estrictamente material.    Conocer, experimentar y aceptar positivamente aquel envoltorio tenebroso, crea las mejores condiciones para el discernimiento y la selección de todos los fragmentos de verdad que recibimos de parte de la materia. Lo compararíamos con el horno, que separa el oro de la escoria en la que estaba escondido.
            El ser de luz que somos pone en contraste el brillo de la verdad con la oscuridad del error. Por otra parte, no es que la materia sea mentira, no. Es, diríamos, una verdad estática, casi muerta, que no brilla por sí misma, sino por el sentido y la relación que le transmite el ser, pensando. Como los cuerpos celestes opacos, que brillan por la luz que les es dada de fuera.
            Esto hace que la criatura inteligente se convierta en el alma de la materia de todo el universo, en la luz que  ilumina las tinieblas del cosmos material, el sentido y la verdad profunda de toda la creación. Aunque, el creyente acepta que su pequeña luz interior es sólo una chispa de la infinita sabiduría de Dios, y que potencia nuestra pequeña luz con la presencia de su  Iluminación infinita.

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martes, 29 de mayo de 2018

82. Comunión

           El rol más importante de la vida pública de Jesús lo constituye su relación interpersonal positiva. Jesús se vive a sí mismo en relación. Antes que con nadie, con el Padre, en estado de oración permanente. En otro nivel, con la gente que se cruzó en su vida. En este último caso, vivió una relación de comprensión y ayuda sin discriminación. Sin embargo, con una marcada preferencia por los necesitados a cualquier nivel, tanto en lo físico como en el moral y espiritual.
           Llegado el tiempo de su partida, no queriendo abandonar a los suyos- << estaré con vosotros siempre, hasta el fin del mundo >> - les presentó su designio de presencia sacramental (Jn 6), que hizo realidad a la hora de la cena de despedida. Como su presencia pospascual sería imperceptible a la condición terrenal humana, se hacía necesario establecer un signo visible y tangible de su presencia; al menos, en momentos determinados que, por su misteriosa intensidad, nos darían la garantía suficiente de su presencia sin interrupción. El pan y el vino de la Eucaristía se convierten así en el signo de la presencia real y redentora de Jesús y de su comunión con nosotros, al tiempo que nos mueven a tomar, por nuestra parte, una actitud de comunión con él y con los hermanos.
           Comunión significa llevar la comunicación -en este caso con Jesús- a su más alto nivel, sin restricciones ni condiciones. Cabe decir: así como Jesús nos toma a nosotros y todo lo nuestro como cosa suya, y se nos da él mismo con toda su infinita riqueza, de igual manera, si queremos realmente que haya comunión, debemos dar plenamente a él con todo lo nuestro, para que llegamos a ser del todo suyos.
           La auténtica comunión nos debe mover a la conversión constante, en el sentido de cambiar nuestra manera demasiado terrenal de pensar, sentir, amar, privilegiar valores, adoptar actitudes y elegir el estilo de vida; para que todo nuestro mundo interior y aun nuestro talante habitual, se parezcan lo más posible, a los de Jesús.

           Para que haya comunión no basta comer el pan materialmente. Esto ya lo habían hecho nuestros padres en el desierto, y murieron. Pero, si tomamos la Eucaristía comulgando de verdad interiormente con Jesús, viviremos para siempre, porque ese proceso transforma completamente nuestra vida: la deifica, cristificándola  << Los que coman este pan vivirá para siempre >>. (Jn 6, 58)

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lunes, 7 de mayo de 2018

81. Amada soledad

            La Asunción vivía sola porque se había quedado viuda y no tenía hijos. La soledad le era engorrosa y pesada. Ella, que toda la vida se había distinguido por un carácter jovial y comunicativo, ahora se encontraba desamparada, como un islote en medio del océano. Tuvo que hacer grandes esfuerzos para reconciliarse con la nueva situación y no se perdía ninguna ocasión para salir y comunicarse; y cuando no podía más, el teléfono le servía de salvavidas. Como sea que tenía el recurso de la fe, fue aprendiendo, a duras penas, que su soledad era más aparente que real. Su interior -pensaba a veces- podía ser un lugar de encuentro maravilloso. Como si dijéramos: un punto de cita.
            En ningún momento dejó de mantener sus relaciones habituales, aunque aprendió a relativizar su importancia. Dicho y hecho, las relaciones, diríamos rutinarias, eran necesariamente esporádicas y, a menudo, superficiales. Verdaderamente, la necesidad compulsiva de compañerismo ¿no era una excusa disimulada para no encontrarse cara a cara con una realidad más profunda, que podía tener lugar en su interior?
            Asunción era una mujer espabilada y había recibido, de jovencita, una buena formación incluso cristiana, aunque envuelta en una atmósfera de temor; cosa que le hacía difícil poderse sentir acompañada amistosamente por la presencia de Dios. Ahora tenía mucho tiempo libre, y la televisión -que apagaba cada día a una hora establecida, para rezar devotamente el Rosario- le acababa resultando insoportable. A veces, enfadada y decepcionada, apagaba de repente la pequeña pantalla, hasta la hora del telediario preferido.
           Durante aquellos espacios largos de silencio, solía leer los escritos autobiográficos de Santa Teresa de Lisieux y, algunas veces, se atrevía a leer, sin mucho entusiasmo, fragmentos del Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz. Poco a poco encontró gusto y se decidió a leerlo seguidamente. Marcaba con lápiz el punto donde se había detenido y allí seguía en otro momento. Su lectura era sumamente reposada, lo que aprovechaba para bajar a su interior, y comparar las experiencias del Santo o de Santa Teresita con ella misma y su estado de ánimo. Entendió pronto que la más excelente vía de comunicación con Dios -por no decir la única- es el amor, y que, de amar, ella era perfectamente capaz. Como el amor entre dos requiere un cierto aislamiento de cosas y personas, dio gracias a Dios por su situación de soledad. Sin ella nunca habría tenido la oportunidad de unas vivencias nuevas que empezaban a brotar tímidamente en la profundidad de su corazón, provocando un cambio radical de su escala de valores y de su manera de ser.

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martes, 1 de mayo de 2018

80. Bendita entre todas las mujeres

           Excelsa, Eminente, Óptima entre todas las mujeres y también entre la humanidad entera, fuera de su Hijo divino. Bendita y Llena de gracia; segunda en todo después de Jesús.
           De acuerdo con la explicación de San Lucas, ella era consciente de su grandeza excepcional y sabía la razón: << Todas las naciones me felicitarán, porque ha hecho en mí maravillas ... Porque ha mirado la humildad de su esclava >>.
           Así pues, toda grandeza, - más especialmente la humana- viene de Dios- ¿Hay algo grande fuera de Dios y de lo que él ha querido engrandecer? La grandeza, la excelencia, se producen por la proximidad y la acción de Dios sobre una criatura. La grandeza tiene lugar cuando se comunica Dios, infinitamente grande, allí donde es esperado y deseado.
           Por lo que sabemos de María, ella permaneció abierta y receptiva, predispuesta y deseosa, con conciencia plena de pobreza y necesidad. Debido a esto, se dieron en ella todas las condiciones, para que el Dios generoso y comunicativo por naturaleza se le acercara y la llenara de gracia. He aquí la grandeza única de María, cumplida con sobrenatural espontaneidad. Como la corola los pétalos y el cáliz de una flor abierta, son refrescados por la humedad del rocío matinal y calentados amorosamente por el rayo del sol diurno.
            Toda la gama de misterios marianos que veneramos son efluvios expresivos de la presencia transformadora y fecunda de Dios en ella: << Las obras de su brazo ... Ensalza los humildes ... colma de bienes a los pobres >>.
           En esto, María es nuestra estrella de la mañana, la estrella polar: punto eficaz de orientación. Nos es posible, por este modelo, simplificar al máximo nuestro proyecto espiritual. No podemos aspirar a ningún otro progreso espiritual, a otra grandeza interior, que no sea la que nos vendrá de Dios. Desprendámonos de toda esperanza de santidad procedente del propio esfuerzo en dirección ascética y moral. El esfuerzo personal y el ascetismo nos harán falta, sólo, para asumir de buena gana nuestra pobreza real, y para abrirnos a Dios con el deseo ardiente y la esperanza cierta de su presencia. Si fuéramos un capullo cerrado sobre sí mismo, encantado con su interior belleza, por más que cayera sobre nosotros la frescura del rocío o el calorcito del sol divino, nada entraría en nuestra gema floral: ninguna excelencia, ninguna grandeza , ninguna maravilla.

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