De las solemnidades que
celebra la liturgia católica, la de esta noche es el centro y la matriz, la más
bella y exultante; porque con ella celebramos el fin de la espera y llegamos al
tiempo de la realidad esperada; se ha
acabado el tiempo de la promesa y ha comenzado el de su cumplimiento. Por esta
razón el Anuncio pascual canta: << Goce también la tierra inundada de
tanta claridad, i que radiante con el fulgor del Rey eterno, se sienta libre de la tiniebla que
cubría el orbe entero>> . De la oscuridad a la luz, de la noche a la mañana,
de la muerte a la vida, del imperio de la mentira y del mal a la primavera de la
verdad y del bien, del pecado a la gracia. Es este incomparable y exultante
cambio lo que celebramos en esta Vigilia.
La de esta noche es celebración de un final y también de un
comienzo, tanto en la Historia de la salvación, como en la realidad personal de
cada uno de los humanos que quiere unirse al plan salvador de Dios, porque,
como canta el Pregón pascual: <<Esta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte,
Cristo asciende victorioso del abismo. ( ... ) Esta noche santa ahuyenta los pecados, lava las
culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa
el odio, trae la concordia >>.
Todo empezó con aquel anuncio increíble del ángel:
<< El ángel del Señor habló a las mujeres: "Vosotras, no temáis. Ya sé que buscáis a
Jesús, el crucificado. No está aquí. Ha resucitado, como había
dicho>>. Poco después, << Jesús les salió al encuentro y les dijo:
" No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea;
allí me verán>>. Ahora, nosotros, por la fe, formamos parte de los
hermanos de Jesús que tenían que ir a Galilea para verlo. Ahora, nosotros, por
el bautismo, hemos sido admitidos a participar del misterio de muerte y
resurrección de Jesús. Así habla San Pablo a los romanos: <<Si nuestra
existencia está unida a él en una muerte como la suya, lo estará también en una
resurrección como la suya>>.
Cada
una de las Pascuas de Resurrección que celebramos, es un poderoso estímulo para
nuestra purificación; preparándonos así, para la participación personal en la
resurrección gloriosa de Cristo.
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