Acoger a alguien es un gesto
humano que demanda unas disposiciones previas, sin las cuales no es posible que
se dé: apertura de corazón al otro y lugar disponible. ¿De que serviría acoger a
alguien de mala gana, si el interesado se daría cuenta de inmediato y
declinaría la invitación? Hemos escuchado: <<Un día pasaba Eliseo por
Sunam, y una mujer rica lo invitó con insistencia a comer. Y siempre que pasaba por allí, iba a comer a su casa>>.
Él se sentía invitado de todo corazón.
La otra condición para la acogida es la disponibilidad de
lugar. ¿Que sacaríamos de querer acoger a alguien, si en casa no hubiera lugar
para él? A la mujer de Sunam le faltaba lugar para una larga acogida y lo
solucionó enseguida: << Vamos a prepararle una habitación pequeña,
cerrada, en el piso superior; le ponemos allí una cama, una mesa, una silla y
un candil, y así, cuando venga a visitarnos, se quedará allí>>. Pero aquí
hablamos espiritualmente. ¿Qué lugar disponible queda en nuestro corazón para
la acogida del otro? ¿No está repleto de cosas y de nosotros mismos? ¿Porqué no reservamos un lugar, siempre vacío
en nuestro corazón, para cuando sea necesario acoger a alguien
Y la acogida a un
semejante nuestro se convierte en el ensayo
necesario para la acogida a Jesús. Es más, Jesús se identifica con los suyos,
cuando éstos son acogidos por alguien: <<Quien os recibe a vosotros, a mí
me recibe>>. Y, cerrando el círculo, Jesús, que se ha identificado con
los suyos, ahora se identifica con Dios: << El que me recibe a mí, recibe
al que me ha enviado>> En este círculo
de acción acogedora se podría concretar nuestra perfección, que viene a ser
como la humanización del misterio trinitario: misterio de acogida, de relación,
de amor.
Imprimir artículo
No hay comentarios:
Publicar un comentario