Deben ser muy pocos los que
se cierran del todo y no dan nunca nada a nadie.
Pero, en general nos gusta que, cuando damos,
podamos esperar alguna recompensa: la consolidación de una amistad, que nos
hagan algún servicio, que nos lo agradezcan sinceramente, que se nos tenga por
personas sensibles y generosas o, por lo
menos, esperamos una tranquilidad de conciencia y un acrecentamiento de la
autoestima .
¿No nos gustaría parecernos un poco Dios también en esto, aprendiendo a dar y a
darnos, sin intención de sacar ningún
provecho ni económico ni psicológico? Leemos en Isaías: << Esto dice el
Señor: Oíd, sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero:
venid, comprad trigo, comed sin pagar vino y leche de balde. ( ... ) Inclinad
el oído, venid a mi; escuchadme y viviréis>>. Si lo intentáramos, seríamos
imitadores de Dios que, a nosotros, nos da gratis todo lo que tenemos de
material y espiritual, de temporal y eterno.
Además, esta actuación acreditaría en nosotros la virtud
de la compasión por los necesitados y marginados, como lo hizo Jesús: <<
Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los
enfermos>>. No contento con esto, dijo a los apóstoles que querían
despedirlos para que fueran a comprar comida: << No hace falta que vayan,
dadles vosotros de comer>>. De los cinco panes y los dos peces bendecidos
por Jesús y distribuidos por los apóstoles, << Comieron todos hasta
quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras>>. Si el corazón de los creyentes fuera
compasivo como el de Jesús, quizás sobraría de todo para las necesidades del
mundo entero.
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