A menudo pensamos que los que
marcan los tiempos y el destino de la Historia son los orgullosos, los fuertes,
incluso los violentos. No negamos que las fuerzas mencionadas tengan una
influencia, a veces contundente, pero siempre transitoria. Han dejado una marca
que se cicatrizará: Alejandro Magno, Napoleón, Hitler...Pero los científicos y
los artistas, en el transcurso de la Historia, han dejado huellas más profundas
y duraderas, que han dado y dan movimiento y ritmo al progreso de la humanidad.
Hay otra gente que hace avanzar el camino del hombre sobre
la tierra, que hace Historia: los perseverantes en su trabajo, los que
construyen sin hacer ruido, los que, con humildad, sazonan la tierra y la
vuelven productiva, quienes han construido las catedrales o los monumentos
diseñados por otros, quienes dejan, por dondequiera que pasan, un reguero de
bien, obrado en libertad: << Te doy gracias, Padre , Señor del cielo y de
la tierra , porque has escondido estas
cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla>>
.
Nadie, sin embargo, ha
dejado ni dejará nunca, en el mundo, una huella comparable a la que dejó Jesús.
Con él llegó al mundo una nueva alegría, porque era portador de un proyecto
divino de reconstrucción y salvación: << Alégrate, hija de Sión; canta, hija
de Jerusalén.; mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso, modesto y
cabalgando en un asno>>. La huella de Jesús en la tierra se ha mostrado
irreversible. Ahora, más que nunca, hay miles de millones de personas que viven
sinceramente la inquietud de seguir las huellas del Maestro, y nadie se
esfuerza por cambiar ninguno de sus rasgos, sino por acomodar a ellos nuestros
pasos. Se cumple día a día lo que, sobre
él se había profetizado <<Dictará
la paz a las naciones; dominará de mar a mar, del Gran Río al confín de la
tierra>>.
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