A menudo sufrimos los efectos
de una vital contradicción. Algunos momentos experimentamos una fuerte
atracción hacia el bien y la verdad, nos gusta la virtud, sentimos admiración
por las personas virtuosas y quisiéramos sinceramente imitarlas. Quizá,
incluso, se acelera nuestro instinto religioso y nos parece estar más cerca de
Dios, con infinitas ganas de serle fieles; cuando, de repente, nos sorprende el
temor de las consecuencias: la fidelidad a Dios, a la verdad y al bien exigen
un esfuerzo constante, una renuncia a costumbres arraigadas y una generosidad a
toda prueba. Además, nos discriminan ante la opinión y la estimación de los
demás.
De forma parecida al caso del profeta Jeremías: << Me
sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste. ( ... ) Yo era
el hazmerreír todo el día, todos se burlaban de mi>>. Para superar esta
situación, a Jeremías y a nosotros, nos hace falta la acción de la gracia de
Dios, que el profeta experimenta de esta manera: << Entonces sentía en
mis entrañas un fuego ardiente, encerrado en mis huesos; intentaba contenerlo y
no podía>>.
En el caso parecido de Jesús, su fidelidad no se
tambalea, pero Pedro representa el papel de lo que nos pasa a nosotros:
<< Empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén
y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas y
que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se puso a
increparlo: “Eso no puede pasarte. Jesús se volvió y dijo a Pedro: "
Quítate de mis vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los
hombres, no como Dios>>. En este caso está en juego la redención de los
hombres; en el nuestro, la propia vida verdadera: << Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la
pierda por mi la encontrará>>.
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