El hombre de Dios, Elías, se encontraba en grave necesidad, y pide a la mujer de Sarepta de Sidón: <<Por favor, tráeme un poco de agua en un jarro para que beba. (...) Tráeme también en la mano un trozo de pan. Respondió ella: “Te juro por el Señor, tu Dios que no tengo ni pan. Me queda sólo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en la alcuza. Ya ves que estaba recogiendo un poco de leña. Voy a hacer un poco de pan para mí y para mi hijo. Nos lo comeremos, y luego moriremos. “Respondió Elías: (...) Anda, prepáralo como has dicho, pero primero hazme para mí un panecillo y tráemelo. Para ti y para tu hijo lo harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel: “La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se vaciará. Ella se fue, hizo lo que le había dicho Elías, y comieron él, ella y su hijo. Ni la orza de harina se vació, ni la alcuza de aceite se agotó, como lo había dicho el Señor por medio de Elías >>.
He aquí un testimonio emocionante del traspaso de favores entre Dios y nosotros.
Aún encontramos otro similar en el Evangelio de hoy: el de aquella << Viuda pobre (que pasando ante el buzón, en la sala del tesoro del templo), echó dos reales>>. Aquí vemos la sensibilidad de Dios ante la generosidad de los pobres, cuando Jesús, que <<Observaba a la gente que iba echando dinero; muchos ricos echaban en cantidad. (...) Llamando a sus discípulos les dijo: “Os aseguro que esa pobre viuda ha echado más que nadie: ha echado todo lo que tenía para vivir>>. ¿Qué tal nuestra generosidad ante los desvalidos de este mundo? ¿Hemos llegado a dar tan sólo una mínima parte de lo que nos sobra, o nos hemos arriesgado a compartir lo poco que necesitamos?
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