Así comenzó Jesús sus milagros en Caná de
Galilea: la conversión del agua en vino. El Antiguo Testamento tiene una
predilección evidente por el símbolo del amor conyugal, como referente del amor
de Dios por los hombres y de estos por El. Lo utiliza abundantemente en muchos
de sus libros, como hoy en el profeta Isaías: << Como un joven se casa
con su novia, así te desposa el que te construyó; la alegría que encuentra el
marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo>>.
¡Qué finura de amor, la de Dios por
su pueblo! Será que, en la construcción social de la humanidad, la unión de
amor entre el hombre y la mujer, tiene un valor natural como bloque de
fundamento para la humanidad. Fundamento que viene potenciado y asegurado por
Dios, con valores como el compromiso, la fidelidad, la construcción indefectible
de la primera célula de la comunidad y la base segura de la realización
personal. Así lo debió ver también Jesús, como lo demuestra que su primer
milagro fuese asistir a unos novios con el regalo de un vino excelente y
abundante, símbolo del amor conyugal entre el hombre y la mujer.
Así lo ha entendido también la
civilización cristiana hasta hace cuatro días, por más que se hayan dado
algunos fracasos con inevitables sufrimientos. La excepción de la regla, debido
a las debilidades humanas. Hace poco que empezó a tambalearse tan hermosa
tradición: ¿Qué espera el hombre moderno de esta deriva? ¿Cuáles son los resultados
obtenidos hasta ahora? ¿Cómo se presenta el futuro de una civilización que ha
renunciado a las bases sólidas de su construcción y ha emprendido un viaje sin
camino trillado, y sin ley ni muros de contención? Quizás los miembros más sanos, vivos y despiertos del mundo actual, se
sentarán a pensar y verán la conveniencia de dar marcha atrás.
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