Muchos nos hemos sentido atraídos (llamados) a
una tarea concreta, una misión, tal como Jeremías: << Antes de formarte
en el vientre, te escogí; antes que salieras del seno materno te consagré,
te nombré profeta de los
gentiles>>. El profeta (aquel que ha recibido una misión) se debe al
encargo recibido, que es en beneficio de los demás <<Te ceñiré los lomos,
ponte en pie y dile lo que yo te mando >>. Muchas veces la misión del
profeta no es bien recibida por los destinatarios, pero se llevará a cabo
igualmente. El Señor lo protegerá: <<Lucharán contra ti pero no te
podrán, porque yo estoy contigo
para librarte>>.
En la sinagoga de Nazaret, Jesús se
presentó como el Profeta. De buen principio suscitó expectación: << Todos
le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían
de sus labios>>. Ellos querían ver milagros como los que habían oído
contar de Jesús, pero cuando Jesús les expuso las condiciones para recibir el
don de Dios: << Se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera
del pueblo>>.
En
el siglo XXI la voz de la Iglesia es profética, pese a quien pese. Muchos la
escuchan y hacen caso, mientras que otros la rechazan y despeñarían al profeta,
si pudieran. Hay quien puede hacerlo, y lo hace. Como sabemos la lista de
mártires cristianos no para de crecer. La
misma presencia cristiana y la palabra de los cristianos es voz profética en el
desierto de nuestro mundo. ¿Dónde nos situamos nosotros? ¿Cuál es nuestra
postura ante la voz profética del Papa y de la Iglesia?
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