El pasaje que hemos escuchado hoy
es uno de los más bellos y emotivos del Evangelio. El centurión (que comandaba
cien soldados romanos), venido a Cafarnaún desde Roma, educado en un politeísmo
estúpido, cargado de prejuicios -seguramente- contra el pueblo hebreo, es capaz
de traspasar el muro, por aquella puerta que siempre está abierta a los
espíritus libres y honestos. Ahora ve la otra cara de la moneda. Topa con una
cultura monoteísta, procedente de una historia y una tradición llenas de
sabiduría, que se convierte en virtud en todos aquellos que la siguen
fielmente.
Los ancianos hebreos enviados por el
centurión a Jesús hacen de él grandes elogios: <<Merece que se lo
concedas, porque tiene afecto a nuestro pueblo y nos ha conseguido la sinagoga>>.
Ahora tenía una necesidad: << Un centurión tenía tenia enfermo, a punto
de morir, a un criado a quien estimaba
mucho>>. Jesús no se hace rogar. La sensibilidad del Maestro se hermana
perfectamente con la bondad del centurión: << Jesús se fue con ellos
>>. Pero el centurión tiene una conciencia muy clara de dos conceptos que
estaban en juego: la dignidad y el poder.
Él tenía la dignidad de un militar enviado a
una colonia romana y el poder encima de cien soldados, mientras que Jesús,
hasta donde él había podido entender, poseía pleno poder sobre la salud y la
enfermedad, sobre la vida y la muerte, y estaba revestido de una dignidad
divina. Por eso, dice: << Señor,
no te molestes: Yo no soy quien para que entres bajo mi techo; por eso tampoco
me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra, y mi criado quedará sano>>.
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