Jesús se manifestó siempre sensible y atento a la necesidad
de los demás: << En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del
reino de Dios y curó a los que lo necesitaban >>. Mantener la vida,
mediante la alimentación, aparece como la primera de las necesidades. En el
Evangelio de hoy, los cinco panes y los dos peces de que disponían Jesús y los
apóstoles, eran insuficientes para <<todo este gentío. Porque eran unos
cinco mil hombres>>. Jesús se encontraba ante una grave necesidad, y la
quiso atender. Lo podía hacer, porque él es la vida y tiene a mano el
mantenimiento de la vida. Y lo hace, como narra el Evangelio.
El hombre
tiene otra vida a mantener: su vida interior, espiritual. En la ausencia física
de Jesús nuestra vida interior corre un gran riesgo. Mucha gente -quizás todos
nosotros- no sabemos o no queremos alimentarla, o no nos damos cuenta de esa
necesidad. Ante la situación, Jesús, que ha de irse al Padre, decide quedarse
místicamente -misteriosamente- para alimentar la vida espiritual de los hombres
de todos los siglos.
Y lo hace
con los signos (los símbolos) del pan y el vino, que representan los elementos
básicos de nuestra alimentación corporal. Lo explica San Pablo a los de
Corinto: << Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a
mi vez os he transmitido>>. A continuación Pablo les explica lo que hizo
Jesús con el pan y el vino durante la santa Cena. Desde entonces son signo visible de cómo él, resucitado, vive para
siempre, nos cuida, nos alimenta espiritualmente y nos reconforta, hasta el
final: <<Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz,
proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva.
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