Es Jesús quien hace pedagogía con sus discípulos y les instruye por medio
de una parábola, para enseñarles <<Como tenían que orar siempre sin
desanimarse>>. Esto que parece imposible, no lo es; porque orar es estar
con el Señor, compartir con él nuestro tiempo y nuestra intimidad, y abrirnos a
la comunicación interior. O como enseña Santa teresa: <<Oración es hablar de amor
con quien sabemos que nos ama>>. Entendida así, la oración se convierte
en hábito natural y espontáneo, porque consiste en la atención profunda de
nuestro ser (no obstante las distracciones) a la presencia mística del Amado de
nuestra alma.
El hábito
de la oración mística, más que una súplica constante, es una aproximación al
fondo de uno mismo, que es el lugar donde nos encontramos con el Señor, para
hacerlo habitable a su presencia. Es un esfuerzo para purificar los deseos y
las intenciones torcidas, al tiempo que trata de limpiar nuestro corazón de
impurezas morales y de apegos perniciosos.
El hábito de la oración mística, además,
ensancha infinitamente los horizontes. Rompe las barreras de nuestras
necesidades personales que solemos llevar siempre a la oración, para abrirlos
primeramente a la alabanza de Dios: <<
Santificado sea tu nombre >>.
Después nos enseña a abrirnos al otro, a los otros; y nuestra oración se
convierte en un clamor a favor de todos los hombres, de la Iglesia y del mundo
entero, para que << Venga a nosotros tu Reino>>.
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