¡Oh, si esto de andar
detrás del bienestar, de la belleza, del placer, de la libertad, de la
plenitud, del sentido, del Absoluto -hablando claramente- fuera optativo! Queremos
decir que si pudiéramos prescindir de ello, como cuando decimos: hoy no tomaré
postre o no iré a pasear, sería otra cosa. Pero resulta que la tendencia vital
al Todo - Infinito, no depende de nosotros, sino que está inscrita en nuestros
genes de la misma manera que en un cuerpo suspendido en el aire está inscrita
la ley de gravedad, que le obliga a caer, hasta que encuentra su lugar de
reposo.
Pero hay una diferencia sustancial. El objeto material
sometido a necesidad física cae siempre necesariamente siguiendo el camino
preestablecido, sin que pueda elegir parar o bajar de otro modo; por el
contrario, la prerrogativa de la libertad humana nos permite a nosotros escoger
el medio de satisfacer la tendencia necesaria, o aún, de ir por senderos
escabrosos que no conducen a ninguna parte.
En efecto, algunos, por error o por desidia, renuncian al
fin último y quieren contentarse, pensando reposar en satisfacciones
periféricas: los placeres de los sentidos, el equilibrio psicológico, los
sentimientos agradables; o también en bienes espirituales: las artes, las
ciencias, la cultura, la filantropía. No se pude negar que, del efecto de
semejantes esfuerzos, -concretamente en el segundo supuesto- se pueda esperar
un cierto equilibrio interior y un inicial sentido de la vida, porque donde
quiera que se encuentre un rastro mínimo de bien, de belleza o de amor, allí
está, escondida a la mirada superficial, la presencia de Dios.
Sin embargo, quien pretende satisfacer su carencia
profunda intentando reposar encima de cosas estrechas, intrascendentes,
pasajeras, volátiles, no definitivas o fundamentadas en tesis erróneas,
sesgadas, egocéntricas, alienantes, no podrá encontrar el reposo plenamente
satisfactorio, porque el peso de aquella carencia que pretenden llenar es
infinito, y se derrumba el suelo sobre el que pretenden hacerlo reposar.
El místico, a diferencia del caso anterior, es aquel que,
dotado de un inicio de sabiduría, ha intuido vitalmente -experimentalmente- que
su vacío sólo puede ser llenado por el Todo - Infinito, es decir, por Dios.
Entonces, se determina con todas sus fuerzas a buscar el camino que lleva a tal
fin, y en abastecerse de las disposiciones necesarias para recibir el don
supremo.
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