Sobre tesoros escondidos
se ha escrito mucho, y con motivo de ellos ha corrido muchísimo la imaginación.
Esta reflexión quiere ocuparse sobre un tesoro real -no imaginario- pero sí
escondido a los ojos de muchos; un tesoro muy cerca de nosotros, un tesoro en
nuestro interior mismo.
La tensión más fuerte que padecemos se produce por la
coexistencia de dos elementos contradictorios dentro de nosotros: los valores y
sus contrarios. A menudo, los contravalores son más aparentes, más ruidosos, más
estridentes. Hasta el punto de ocupar buena parte de nuestra conciencia, y de
no dejarnos ver los valores también reales.
El resultado es demoledor: nos vemos cargados de defectos
y los valores positivos aparecen tímidamente y sin fuerza en nuestro
subconsciente. Entonces aparece la timidez, la rigidez, las actitudes agresivas
de autodefensa y, en los casos peores, la depresión.
Necesitamos descubrir que esta conclusión es falsa y
decir bien fuerte que el más profundo de nosotros es realmente bueno. Dios no
hace seres malos. Y nosotros hemos salido de las manos de Dios. Tenemos, por
ello, una riqueza impresionante, empezando por la salud del cuerpo y sus
sentidos, fuente de aprendizaje y de satisfacción. Si de ahí pasamos a nuestro
mundo espiritual veremos cuán grande es el universo de nuestra inteligencia, de nuestros afectos, de la
capacidad creativa, de la posibilidad de abrirnos a Dios y de darnos a los
demás, de compartir felicidad, de ... Este es el tesoro escondido. Es más sabio
el que sabe reconocer y agradecer los dones recibidos, que no aquel que vive
encogido bajo el peso real de sus limitaciones.
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