Elisa es una viejecita
más curvada que derecha -de tanto trabajar y también de sufrir -, es más
arrugada que lisa, más morena que blanca -de tantos años pasados y de haber estado a la
intemperie -, es más risueña que adusta -de tanto como ha querido estar
presente, en clave positiva, a los gozos y a los dolores de los que le rodean -
porque su opción ha sido siempre hacerse presente, como un fiel guardián, de
los derechos y el bienestar de aquellos a quienes ama .
Porque ella tiene muy asumido que sus obras nada tienen
de muy importante y valioso, y está convencida igualmente de que sus palabras
-ella que apenas sabe leer y escribir- no tienen el brillo suficiente para
disipar las nieblas de alguien que pasa por la tribulación o de otro que vive
oprimido bajo la losa de la duda o de la confusión
La experiencia, sin embargo, y su corazón despierto le
han enseñado que la presencia compasiva y amorosa es suficiente, porque es como
un bálsamo que suaviza heridas y desactiva el estrés. La presencia viene a ser
como una lucecita que orienta al desconcertado, o como un pequeño brasero que
proporciona el calor suave y persistente para quien sufre el frío de la
incomprensión, de la turbación, del dolor o del remordimiento. Su tarea es
estar presente. A veces coge la mano de la persona en cuestión y le regala una
sonrisa o, simplemente, se sienta a su lado y le hace compañía, se apresta a
escuchar con afecto y, a veces, dice algunas palabras oportunas y sensatas.
Ella no piensa que pueda ser modelo o ejemplo de nada o
para alguien. Su rol se concreta en la presencia que exorciza la soledad y, en
ocasiones, se convierte en la lucecita que señala la salida en el túnel de la
depresión. Su familia lo sabe y algunas de sus amigas también; por eso, de vez
en cuando, alguien se le hace encontradizo con la sola intención de hacerse
acompañar. Ella le escucha y calla porque, en su lenguaje, el silencio es la
mejor respuesta. Todos los que la tratan ya lo saben y no esperan ninguna
solución. La solución es ella misma: su comprensión y su complicidad. Es como
si los seres, al encontrarse unos con otros, en la intimidad más profunda,
construyeran un muro de defensa alrededor del núcleo, hecho de la verdad y del
bien universal. Si pudiéramos llegar a un encuentro así, tanto en la oración
como en nuestras relaciones humanas, estaríamos en el tuétano de la vida
mística.
Es tan fácil para Elisa ser fiel a la vocación que le ha
tocado -dice ella - de hacerse presente silenciosamente dondequiera que la lleva
el instinto, como al sol de salir por la cresta del monte y extenderse por el
valle. Le parece que allí ocupa su lugar y, dado lo poco que tiene- lo poco que
es- todo el mundo gira mejor y ella encuentra el sentido a su personal
utilidad.
Imprimir artículo
No hay comentarios:
Publicar un comentario