A menudo, nuestra
conciencia vive en la periferia de nosotros mismos, de los demás y de las
cosas. Como Anselmo, que leía sólo los titulares (la letra grande) de los
diarios, y no conocía ningún jugador del Barça ni del Atlético; ni el
funcionamiento de la alta política y, menos aún, los nombres de los políticos
más eminentes. En los artículos de opinión -decía él- la letra era demasiado
pequeña y espesa. O como Filiberto que llamaba a la gente como "aquel del
mostacho pomposo, el cara de pocos amigos o el simpático".
Vivir en la superficie es un mal generalizado. Se nota en
la conversación, cuando hablamos de mitos y símbolos o cuando salen en
abundancia eslóganes y frases hechas, ideas generales y de uso común: el tiempo
y las disputas sobre deportes y otras banalidades. Todo ello es un retrato de
nuestra conciencia superficial que no suele bajar al fondo de nada.
Sin embargo, la realidad –lo esencial- radica en el fondo
de las cosas y de las personas y, por tanto, de nosotros mismos. Para tener acceso
a ese núcleo vital, antes que otra cosa, debemos vaciar nos de banalidades y
prejuicios y después, abandonar la prisa, para poder prestar atención.
Una conciencia despojada de hojarasca inútil es como una
pizarra limpia, donde la observación atenta puede anotar los propios
descubrimientos y fijar la imagen de lo esencial de cada cosa y de cada
persona; la propia imagen esencial.
Es un ejercicio que permite formar una conciencia nueva:
abierta, imparcial, penetrante. Por ella pasan también las cosas frívolas y
triviales, sin que le afecten; porque su ojo interior busca en todo el sentido
profundo, el núcleo de cada ser y de sí mismo.
Como sea que de lo esencial de las cosas y personas
proviene todo bien y toda riqueza, porque es como la raíz o la matriz de toda
vida y de toda actividad positiva, la conciencia, desde ese conocimiento,
aprende a valorar justamente lo periférico como la hojarasca o la floración del
árbol de la vida. Allí donde antes se asentaba la indolencia y el aburrimiento,
ahora se asienta la reflexión con divertimento, por haber descubierto el lugar
y el sentido de lo esencial y de lo accesorio.
Anselmo
ha descubierto que las letras grandes del diario sirven para escoger lo que
vale la pena leer a fondo. Lo ha probado y está contento. También Filiberto se
ha hecho encontradizo con "cara de pocos amigos" y se ha dado cuenta
de que, detrás de aquella facha vive una persona importante con ciertos
problemas no resueltos. Aquel buen hombre, antes tan superficial y solitario,
ahora ya tiene un amigo: se llama Filiberto.
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