La oración ocupa un lugar sobresaliente en todas las religiones, y los
libros sagrados le reservan espacios de privilegio, para estimular su práctica
y facilitarla a sus fieles. La Biblia -por no movernos de nuestro mundo
espiritual- además de constantes exhortaciones y la presentación de personajes
orantes, contiene un libro muy extenso de oración, con todas las modalidades
posibles, de una riqueza global incomparable. Evidentemente hablamos del libro
de sales.
En la práctica, sin
embargo, salen impertinentes cuestiones como estas: ¿Por qué debemos orar? En
qué consiste la oración? ¿Qué podemos
esperar de ella? Cambia algo la oración? En todo caso, ¿quien cambia: Dios, nosotros,
los otros, los elementos y las circunstancias?
La pretensión de muchos
orantes -aun bíblicos- ha sido y es hacer cambiar a Dios: su enojo en
misericordia y la amenaza de castigo en perdón. Sabemos, sin embargo, que
Dios es siempre igual a sí mismo, identificado con el Bien y la Verdad, sin
ninguna posibilidad de variación. Entonces, no puede ser este el objetivo
propio de la oración.
Otra ilusión frecuente
radica en esperar de la oración una ayuda puntual de Dios para sobrellevar situaciones
dolorosas y angustiosas garantizar el éxito en acometidas temporales, que
consideramos honestas y provechosas. Al respecto, me dolería decepcionar a
alguien, si afirmo con convicción que Dios ha provisto a todos los seres de los
recursos necesarios para hacer frente a todas las necesidades temporales, de
acuerdo con las leyes de la naturaleza, y que no debemos esperar intervenciones
extraordinarias para vernos libres de angustias
y sustos -aunque sean graves- que forman parte inseparable de nuestra situación
precaria, por el hecho de vivir en el espacio y el tiempo.
La oración, en buena
teología, es el vehículo de comunicación espiritual y mística con el Creador.
Es sintonizar con la relación que él mantiene abierta con nosotros sin
interrupción. Orar es estar con el Señor. Esta realidad nos diferencia de todos
los demás seres creados y nos abre a la acogida del Amor con que somos amados,
ofreciéndonos, al mismo tiempo, la ocasión de corresponder al amor de que somos
objeto.
La oración bien entendida
es, ni más ni menos, una cuestión de
amor: una respuesta al amor de que somos objeto, sin esperar absolutamente nada
más. Y, al llegar aquí, la oración nos cambia a nosotros. Transforma nuestro
cerrazón en apertura; nuestra indiferencia en interés vibrante; nuestra
mezquindad en generosidad; nuestros miedos en valentía.
San Juan de la Cruz
acaba su itinerario de oración contemplativa con la purificación moral perfecta
y en la unión mística con Dios.
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