El libro de los Hechos de los Apóstoles, de San Lucas, que leemos en esta tiempo litúrgico, fue escrito probablemente poco después del año 70. En él se da por hecha la eclosión y la consolidación de las primeras comunidades cristianas. No deja de llamar la atención y de maravillarnos incluso, que en menos de medio siglo, contando con una docena de predicadores rústicos y con unos escasos medios de comunicación, una nueva religión basada en el Hijo de Dios rechazado por los estamentos religiosos de Israel, después crucificado y finalmente resucitado, se hubiera extendido prácticamente por todo el Imperio romano, poniendo en entredicho los valores de aquel y su invencible poder. Los Emperadores romanos vieron en el cristianismo un enemigo pacífico formidable al que había que eliminar.
Las nuevas comunidades habían hecho el milagro de cambiar por dentro sus adeptos y de transformar el estilo de vida de los ciudadanos romanos convertidos. Los creyentes en Cristo ponían cuidado en comportarse como los mejores ciudadanos, pero ya no buscaban el poder, los honores ni el dinero, sino el amor que los unía entre sí y con Cristo. Leemos en los Hechos: << En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía>>.Sin menospreciar las leyes del Imperio, se habían convertido a una ética nueva que se basaba en el amor a Dios por medio del Hijo y al prójimo como hermano, y a un profundo sentido de comunidad que tenía su esperanza en el más allá. Su lema sería, más o menos: << Nuestra fe es la victoria que ya ha vencido el mundo>.
Los bautizados de hoy, las nuevas comunidades, hemos perdido el atractivo de aquellos cristianos primeros, y no hay comparación posible. Una buena parte de nosotros ha vuelto a los terrenales valores del ciudadanos del Imperio: el poder, la vanidad, el dinero, el hedonismo más refinado, la reducción de nuestras esperanzas al bienestar temporal y la pérdida de la pertenencia al Dios de los nuestros padres, al Dios por quien Jesús murió y por quién fue realmente resucitado. Ya no se puede afirmar de nosotros, generalmente hablando: << Todos los creyentes eran muy bien vistos por la gente >>.
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