La encarnación del
Hijo de Dios es un compromiso irrevocable con la condición humana. Y al hombre
le puede pasar de todo: puede ser objeto de aclamaciones y aplausos o puede ser
vituperado y mal tratado. Jesús lo sabe y lo acepta plenamente. <<
Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a
la muerte>>.
En los
hechos que conmemoramos hoy se dan las dos cosas: las aclamaciones y los
vituperios. La primera tuvo lugar cuando Jesús entraba en Jerusalén, cabalgando
el pollino engalanado por sus partidarios, que le acompañaban gritando: << ¡Hosanna en el cielo! ¡Bendito tú
que vienes y nos traes la misericordia de Dios!>>. La segunda secuencia
era la premonición que flotaba como una nube tenebrosa en el ambiente de
Jerusalén, agitada por algunos fariseos, gritando: << Maestro, reprende a tus seguidores
>>.
Jesús -como
lo había previsto Isaías- asume generosamente la situación. Mientras acepta con
gozo las aclamaciones de los amigos y seguidores, abraza amorosamente en su
corazón dolorido la firmeza de su compromiso con las humanos: << Y yo no me resistí ni me eché atrás; ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las
mejillas a los que mesaban mi barba>> Entre nosotros hay tiempo de alegrarse y tiempo de dolerse, tiempo de
estar de fiesta y tiempo de llorar. Ojalá en estas contradicciones estemos a la altura del Maestrotro. <<Ahora es la hora del poder de las tinieblas.
>>
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