Todos, quien más, quien menos, tenemos o hemos tenido que
ver algo con el pecado personal. Todos hemos probado el sabor amargo de la
culpa. Como el rey David, a quien el profeta Natán reprocha su doble crimen de
adulterio y homicidio: << Mataste
a espada a Urías, el hitita, y te quedaste con su mujer>>. De hecho,
primero cometió adulterio y después, para taparlo, hizo matar al marido. El
Evangelio de Lucas nos habla de otro caso de consorcio con el pecado: Una mujer
de la ciudad, una pecadora vino y, colocándose detrás junto a sus pies,
llorando, puso a regarle los pies con sus lágrimas, los cubría de besos y se
los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo:
Si éste fuera un profeta, sabría quién ésta mujer que lo está tocando y lo que
es: una pecadora>>.
El pecado,
y por tanto, la culpa, es un hecho negativo universal. Pero, lo que más nos
interesa, es la reacción de los personajes que intervienen. La del culpable en
aras de su curación, y la de aquellos que saben de la existencia o sufren las
consecuencias, para fijar la reacción. El implicado puede reconocer la culpa,
rechazarla y convertirse. Al observador, a menudo, le provoca indignación,
cólera, rechazo o, incluso, intenciones de venganza.
Nos resta
prestar atención a la reacción de Dios y de Jesús, cuando el pecador reconoce
la culpa: << David respondió a Natán: " !He pecado contra el Señor!".
Natán le respondió: "El Señor ha perdonado ya tu pecado; no morirás>>.
En el caso de la mujer: << Cuando supo que Jesús estaba comiendo en casa
del fariseo, fue (...) y se quedó atrás llorando a los pies de Jesús>>.
Él le dijo: "Tus pecados están perdonados. (...) Tu fe te ha salvado, vete
en paz >>. El peor parado en el
proceso del pecado y el perdón es el observador incapaz de entender y de
aceptar. Mientras el hombre ve sólo la deformidad de la culpa, Dios ve en
primer plano la dignidad original del pecador. Para el observador se trata de
un culpable; para Dios, de un hijo querido.
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