Leo en el libro del Eclesiastés
(43, 29-32): "El Señor es
infinitamente adorable, su poder es maravilloso. Dad gracias al Señor y
enaltecedlo cuanto podáis, que él todavía excede cuanto podáis decir: enaltecedlo con todas vuestras fuerzas; no os canséis de alabarlo, que no acabaréis jamás.
¿Quién ha visto al Señor para que os pueda decir cómo es? ¿Quién podría nunca enaltecerlo como se merece? Nosotros vemos tan solo una pequeña parte de sus
obras, pero hay todavía de más grandes que
no conocemos”.
¿Somos capaces de
tanta admiración, de tanta sorpresa y entusiasmo? Pienso que sólo es cuestión
de detenerse, de abrir los ojos, la mente y el corazón y dejarnos llevar por la
infinitud, la inmensidad y la belleza sin límite, tal como si -a un nivel muy
inferior- nos ensimismamos delante de una obra maestra de arte.
Si nos extasiamos ante una belleza natural o ante una
obra de arte salimos mejorados de la experiencia, porque se han despertado en
nosotros los mejores pensamientos, los sentimientos más profundos y las
intenciones más puras. Así, la obra de arte ha actuado en nosotros
misteriosamente, sin que nosotros hayamos añadido nada a su perfección. Nos
hemos expuesto a ella y hemos salido favorecidos.
De forma similar, pero mucho más excelente, cuando
alabamos a Dios, le ensalzamos, le magnificamos, lo adoramos, lo amamos, nada
añadimos a la gloria de Dios, a su belleza o a su incomprensible poder. Lo que
hacemos es acercarnos a él, asemejarnos más a él, y nos predisponemos a dejarnos
invadir por el aura gloriosa de su santidad y atributos. Muchas veces hemos
intentado dar gloria a Dios. Es en vano. No podemos dar gloria a quien la tiene
toda, nosotros que no tenemos ninguna. Por el contrario, la gloria de Dios se
realiza en nosotros si entramos voluntariamente en ella y nos dejamos
poseer por todo su esplendor.
He dicho
voluntariamente porque no hay que basarse en sentimientos ni procurar
entusiasmo sensible. Si estos se dan, son -digamos- valor añadido. Nos basta la
libre decisión de la voluntad de ensalzar al Señor con todas las fuerzas, porque
ello es justo, razonable, digno de nuestra condición y necesario para nuestra
salud espiritual.
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