Sólo una cosa pasa delante del amor. Es el conocimiento:
conocer a aquel que queremos amar. Es
por eso que nosotros, los cristianos, tenemos necesidad de conocer más y mejor
a Jesús, de establecer con él una relación personal, de entrar en la
profundidad y amplitud únicas de su humanidad fascinante y de su divinidad
escondida. El método es sencillo: repasar, sin cansarse de ello, los Santos
Evangelios con actitud contemplativa; deteniéndonos especialmente en los
fragmentos donde se ve claramente cómo es él, cómo piensa, cómo ama, cómo
perdona, cómo se entrega al otro y a todos.
Encontramos
en los Evangelios algunos pasajes impresionantes, iconos vivas de quién y cómo
es Jesús. Citemos algunos, como: las escenas de oración y unión con el Padre
(las noches en solitario, el Huerto de los olivos); o como su estrecha
comunicación con algunas personas o colectivos: la recepción de Nicodemo en
plena noche, el encuentro en el pozo con la mujer samaritana, la defensa de la
mujer adúltera y el perdón subsiguiente, el hospedaje en la casa de Zaqueo, la
acogida a la Magdalena, la última cena con los doce. Las enseñanzas de Jesús
son también un auténtico retrato de su identidad: el sermón de la montaña, las
parábolas del buen pastor, del hijo pródigo, del buen samaritano. Todos estos
puntos merecen ser releídos y contemplados para acceder al conocimiento íntimo
de Jesús.
Por el camino contemplativo llegamos al amor:
<< El que me ama guardará mi palabra>>. Porque nos habremos sentido
fascinados por la verdad, el bien y la belleza de Jesús. Una persona tan
maravillosa no puede dejar de ser objeto de nuestro amor, al que él corresponde
inmediatamente: << Mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada
en él >>. El amor del Padre y la
estancia de Él y el Hijo con nosotros son el punto de llegada, al que le sigue
la plenitud del amor, la gloria.
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